ClaroscuroEl sombrerero con diagnóstico
El Conejo Blanco, heraldo del tribunal. Ilustración de John Tenniel.

Loff Quotes

15 de julio de 2025 · 5:10

Manzanas

Lo que quise decir

Escribo cartas que nadie responde y preparo jalea de manzana mientras espero a que mi amada regrese. La espera se convierte en mi manera de resistir y de seguir buscando en medio de la soledad.

La escribí en julio de 2025.

Letra

En los bancos de oro sueñan los imberbes
que el Mesías de Israel les pondrá corbatas verdes
sobre sus camisas negras
y sus cejas se tornarán arcoíris
tras la lluvia de su verde esplendoroso.

Pero el Mesías ha nacido
y anda por las tabernas,
le gusta hacer jalea de manzana
y saborear sus pepitas.
Su casa está llena de libros,
con cartas de su amada
sobre los misterios de la creación del mundo,
y cada tarde en la colina
se pregunta a sí mismo:
¿Qué podrá decir cuando la vea?
Y al bajar el sol su amada llora.

El Mes ha nacido en un pueblo perdido
que no está en los mapas ni en los libros
y canta con los niños.
Se han vuelto sus discípulos bajo el sauce del río,
han perdido el sentido
que el hombre es el niño,
que ha olvidado que es niño.

Cuando el Mesías embriaga,
las nubes son su almohada.
En sus sueños juega a las cartas con Dios
y le habla de sus hijos,
sobre sus sufrimientos,
y le llora sobre el mar
que su amada le hace esperar,
que la ama más que a él,
que no le deja verla.

En su casa los libros son cartas de su amada
que la ama más que a él,
que no le deja verla.

Y a veces escribe en los márgenes de un Talmud heredado,
la receta secreta del perdón
entre líneas de alquimia y de barro.

En los portales de la ciudad
le llaman loco, profeta, impostor,
pero él recoge a los gatos
y reza por los solitarios
en el zaguán de la sinagoga.
Da de comer a los cuervos
y les pide noticias de los muertos
que sueñan con regresar a casa.

El Mes camina descalzo
por los patios dormidos
donde los jazmines y las ortigas
se mezclan en su sombra,
y bajo la lámpara rota
escribe cartas que nadie recoge,
a su amada que nunca responde
y al Dios que nunca pregunta.

El Mesías no espera milagros,
hace café y le sonríe al cartero,
porque cada carta no entregada
es un testimonio del tiempo
y del arte de perder.

A veces baila en las plazas
con los mendigos y las niñas,
a veces besa la frente de un enfermo en el hospital
y le regala una cáscara de manzana como amuleto.
A veces lee en voz alta a los árboles del parque
y cree que entienden la parábola
de los que regresan, de los que nunca se marchan.

Por la noche, cuando nadie mira,
el Mesías se desnuda
y se sienta en la piedra del río.
Conversa con los fantasmas de su linaje y de su infancia,
pregunta al agua por qué todo lo que ama se disuelve,
pero la corriente responde con ecos de luz
y le recuerda que el amor
es la única voz que nunca se apaga.

El Mesías sabe que su casa no está en ninguna parte,
que su techo es el viento y su suelo la memoria,
sabe que su amada está hecha de ausencias antiguas
y que aunque no la vea,
el Mes ha aprendido a esperar sin desesperar,
a besar sin pedir, a callar sin huir.

Y mientras la luna se esconde entre nubes de abril,
guarda bajo la almohada un secreto escrito,
con la tinta de sus sueños,
que amar más allá de Dios es su cruz y su destino,
y que la verdadera redención
es no dejar de buscar,
ni de escribir,
ni de nombrar
a la amada ausente,
hasta que el alba vuelva a encender la lámpara,
en su casa de libros y jalea de manzana
y cartas sin respuesta.

Y así termina el día en el pueblo sin nombre,
donde los niños sueñan que el Mesías vendrá.
Pero el Mesías ya está jugando a las cartas
con la nostalgia
y sembrando manzanos
en el jardín de su soledad sagrada.