Lo que quise decir
Hablo de cómo funciona el trabajo en las empresas tecnológicas y las consultoras de programación. Siento que nos tratan como mercancía barata a través de cadenas de subcontratación y falsas promesas. Al final solo importan los beneficios de los jefes mientras nosotros cargamos con el estrés y la precariedad.
La escribí en enero de 2026.
Letra
Suena el móvil a las nueve, número desconocido en la pantalla.
Una voz de terciopelo me vende la gran batalla:
«Hola, buscamos un perfil ninja, un rockstar, un gurú,
para un proyecto internacional, y ese solo puede ser tú.
Somos líderes, hay fruta fresca y futbolín en la esquina»,
pero no dicen que la fruta tiene moho y es pura ruina.
Me hablan de carrera, de formación, de un plan de crecimiento,
mientras oigo de fondo la trituradora de talento.
Bienvenido al sector TIC de España, la gran charcutería
donde se vende carne humana al peso, día tras día.
Me siento en la silla, el portátil pide la jubilación,
tecleando código basura sin ninguna motivación.
Y aquí empieza el truco, la magia negra del mercado:
yo pongo el trabajo y otro se lleva el resultado.
El cliente paga por mí a precio de oro, de platino,
cuatro veces mi salario, un margen que es asesino.
¿Dónde va esa pasta? ¿A mi cuenta?
Ja, ni de coña: se queda en el despacho del gerente.
Esa es la ponzoña: ellos ponen el cazo,
yo pongo las ojeras y la vida;
ellos cambian de coche, yo busco una salida.
Y lo mejor es la cadena, el ciempiés laboral:
el cliente final contrata a la consultora,
a la multinacional, que subcontrata a la B,
la nacional resultona, que subcontrata a la C,
una SL cutre de la zona,
y esa me contrata a mí, el último mono del zoo,
el primo del vecino del cuñado, en modo low cost.
Subcontratan al subcontratado que está subcontratado:
es una muñeca rusa de mierda, un sistema averiado,
tres corbatas chupando del bote sin hacer nada
mientras yo me como el marrón y la putada.
Body shopping lo llaman, suena moderno y fino;
tráfico de personas lo llamo yo en nuestro destino.
Nos alquilan por horas como si fuéramos martillos,
sin derecho, sin voz, solo llenando sus bolsillos.
Y si el proyecto se acaba, ay, amigo, qué risa:
te llaman al despacho con una prisa indecisa.
«El cliente ha parado el grifo, se acabó la función,
te pasamos a disponibilidad». Ten precaución:
mentira cochina, eso es el despido barato,
dos días mirando al techo y se rompe el contrato.
¿Por qué? Patata. Porque el Excel se ha puesto rojo.
Eres un kleenex: te usan, te tiran y cierran el ojo.
España, país de sol, cañas y consultoras cárnicas.
Nos regalan una mochila con el logo de Navidad
como si eso pagara el estrés y la ansiedad.
Cultura corporativa, dicen: valores, misión, visión.
Su única misión es tu facturación y su comisión.
Estiran el chicle hasta que el junior revienta
y al día siguiente traen a otro para cuadrar la cuenta.
Así que levanta el teclado,
compañero del metal digital,
por los que aguantan el burnout en este sistema feudal.
Que se metan sus proyectos por donde no brilla el sol:
queremos sueldos dignos, no perder el control.
Somos ingenieros, creadores, no carnes de cañón.
Que les den a todos, que les den compasión.
Seguiremos picando código,
seguiremos picando,
pero sabiendo la data.
Abajo la cárnica,
arriba la dignidad.


