ClaroscuroEl sombrerero con diagnóstico
El Conejo Blanco, heraldo del tribunal. Ilustración de John Tenniel.

Loff Quotes

16 de enero de 2026 · 5:36

Hacia el sur

Lo que quise decir

Caminamos hacia el mar bajo un calor pesado buscando una salida. Miramos desde la orilla una barca azul que se aleja sin nosotros.

La escribí en enero de 2026.

Letra

El aire pesa como si estuviera hecho de plomo fundido
y el suelo quema las suelas de los que caminan sin nombre.
No hay brújula que sirva cuando el magnetismo es una fiebre,
cuando el horizonte se ondula y miente a los ojos cansados.
Es un zumbido eléctrico constante que se mete en los dientes,
una vibración que anuncia que algo grande se está rompiendo
detrás de las colinas secas donde muere la tarde.

Nos empuja la espalda con manos invisibles y calientes,
nos arrastra hacia el sur, hacia el sur, siempre hacia abajo,
hacia donde la tierra se rinde y entrega sus huesos al agua.
Dicen que al final de la línea roja del termómetro
nos aguardan, nos aguardan en algún lugar del rumor del mar.
Nadie sabe quién espera, si son fantasmas o salvadores,
o si es solo el eco de nuestra propia desesperación
rebotando contra los acantilados de un continente olvidado.

Pero caminamos, porque quedarse quieto es arder en el sitio.
Caminamos buscando ese ruido de fondo que promete frescura,
ese rugido de sal y espuma que limpia la memoria.
Allí lo oímos alguna vez, en un sueño o en otra vida,
cuando éramos jóvenes y el mundo no estaba tan seco,
con esa arrogancia de los elementos que no conocen la muerte.
El mar se reía de nosotros con su boca llena de algas,
mostrándonos un abismo tan puro que dolía mirarlo,
un azul que no era color, sino una puerta abierta
hacia el misterio que late debajo de la costra del mundo.

Buscamos esa voz en las emisoras de radio y en el viento,
buscamos esa frecuencia en el ruido de las ciudades,
pero es inútil, es un esfuerzo de ciegos tanteando muros.
No oiremos, no oiremos jamás uno mejor, jamás:
cualquier otro sonido es chatarra, es interferencia,
es el chirrido de una máquina oxidada comparado con aquello.
Esa sentencia nos persigue mientras cruzamos el páramo:
saber que la belleza absoluta ya pasó y no la retuvimos,
que el grito perfecto del océano se nos escapó de las manos.

Y ahora llegamos al borde donde la arena es cristal
y miramos la extensión líquida con miedo y hambre.
En el agua, una barca azul, apenas una mancha,
alista una travesía que no admite retorno.
No es un barco de hierro, no tiene motores ni banderas:
es madera pintada con el mismo color del olvido,
camuflada en la inmensidad para que solo la vean
los que están dispuestos a soltar el lastre de la tierra.

La marea sube, la madera cruje con impaciencia,
las cuerdas se tensan como tendones a punto de romperse.
Es el momento exacto, el segundo que divide la historia
entre quedarse a secar al sol como pieles muertas
o saltar a la cubierta y dejarse llevar por la corriente.
Si la perdemos, si perdemos la barca en este instante,
jamás haríamos tránsito, jamás cruzaríamos al otro lado:
nos quedaríamos varados en esta orilla de fuego,
mirando cómo la oportunidad se aleja y se hace pequeña,
condenados a ser estatuas de sal que miran al horizonte
mientras el verano eterno nos devora lentamente.

El miedo nos clava los pies, la duda nos cierra la garganta,
y mientras decidimos si somos valientes o cobardes
el tiempo sigue su marcha, indiferente y brutal.
El viento caliente zumba más fuerte, más agrio,
borrando las huellas, levantando polvo sobre los ojos,
secando la última gota de voluntad que nos quedaba.

Y entonces lo vemos, con el terror de quien llega tarde:
en la azul agua del azul mar, ya lejos de la costa,
nuestros barcos vacíos cursan, se van sin nosotros, navegan solos,
espectros de madera sobre el abismo, meciéndose con la elegancia
de lo que no tiene dueño. Se alejan, se pierden en la bruma de calor
y se internan hacia el sur, hacia el sur, hacia lo hondo,
llevándose la posibilidad de lo que pudimos ser
y dejándonos aquí con el zumbido en los oídos
y la certeza absoluta de que el tránsito se ha cerrado.
Solo queda el calor, solo queda el viento
y el rumor del mar que se ríe, inalcanzable,
mientras los barcos vacíos desaparecen para siempre.